SESIÓN ESPIRITISTA 2020





Un día, todos escuchamos la noticia de que en el oriente lejano empezó la propagación de un virus y muchos pensamos “Qué mala onda” y continuamos con nuestras vidas. A las pocas semanas supimos que en Italia el mismo virus estaba ocasionado muertes y dijimos “Qué mal, esperemos que pase pronto” y continuamos con las clases, los ensayos, las funciones y las grabaciones, pero un día nos dijeron que el virus ya había llegado a nosotros y le prestamos un poco más de atención con la idea de que sería como aquella ocasión en la que nos quedamos un par de semanas en nuestras casas y el cielo se limpió, pero al poco tiempo la realidad nos mostró un rostro que no conocíamos y nos parecía inconcebible.





Tendríamos que dar clases de teatro en línea. Por más de un siglo la enseñanza del arte teatral ha sido en salones de ensayos, teatros, cajas negras o teatros al aire libre, compartiendo un espacio físico maestros y alumnos. El primer impulso de la gran mayoría fue de rechazo, dijimos “No, el teatro no se puede enseñar así” pero, no había otra opción más que continuar con las clases por video conferencia y nos embarcamos en la aventura de entender cómo funcionaban las plataformas.


Nuestro cerebro es resistente al cambio. Gasta mucha energía en aprender cosas y aunque es curiosos, cambiar una dinámica o costumbre establecida en años es de las hazañas más grandes de nuestra materia gris. El mecanismo que nuestro cerebro experimenta, ante la amenaza de gastar una gran cantidad de energía en cambiar una costumbre, es rechazar aquello y para eso las emociones resultan una palanca poderosa. Nos sentimos incomodos, amenazados, expuestos y ridículos, sobre todo cuando nos imaginamos gritándole a la pantalla de la computadora “Sigue, sigue, no te detengas, pelea, con él, escucha lo que te dice” Además del enorme desgaste emocional para dar una clase de teatro, en condiciones inéditas para la gran mayoría de los maestros de actuación. Terminábamos agotados después de tres horas de clase y nos preguntábamos ¿Por qué, si no me moví de la silla de mi casa? Para responder esa pregunta nos puede ayudar Flora Davis cuando explica qué es y cómo funciona el lenguaje no verbal. Los maestros y directores de teatro estamos entrenados para leer los microgestos del actor, descifrar sus pensamientos y emociones a partir de detalles casi imperceptibles en el lenguaje corporal de los alumnos y con esa información logramos llevarlo a un punto en el que rompa con las redes neuronales de su comportamiento habitual y entre en uno impuesto, es decir “entre en personaje” Cuando todo ello se reduce a una pequeña pantalla con una imagen en segunda dimensión con fallas técnicas y empezamos a decir frases del tipo “¿Me escuchan, hay alguien ahí, me ven, Pedro estás ahí?” y parece que entramos a una sesión espiritista del siglo XIX, tenemos un menudo problema. Nuestro cerebro intenta resolver el algoritmo con un mínimo de información y hacemos un esfuerzo monumental por hacer nuestro trabajo. Ahora bien, como en todas las crisis hemos tenido afortunados hallazgos, hemos conocido mejor a nuestros alumnos en el plano personal, por el simple hecho de conocer sus casas, sus mascotas y a veces sus pijamas, hemos estado en igualdad de condiciones para aprender juntos algo nuevo como usar la tecnología, nos hemos forzado a ser más claros para dar indicaciones, los alumnos han tenido que ser más responsables de su educación y sobre todo de su motivación. Extrañamos ver de frente a los alumnos y poder acercarnos sin tapabocas para darles una indicación, nos hace falta la atmosfera grupal, sudar y gritar juntos.


El déficit educativo no lo podemos calcular en estos momentos, como tampoco sabemos cuánto tiempo y esfuerzo llevará levantar los teatros, no sabemos el daño psicoemocional colectivo de vivir una situación de angustia tan prolongada, tampoco el tiempo que nos llevará recuperarnos, pero algo que da esperanza son esos alumnos que de pronto nos dicen frases del tipo “por fin entiendo qué es el análisis” “nunca me había detenido tanto tiempo para crear un personaje yo sola” “esto es lo único que me da ánimo en mi vida ahora” Y entonces uno se levanta de la silla una vez más, se estira y continúa con la clase. Las cantidades de cortisol (la hormona del estrés) que hemos segregado por meses y meses están haciendo mella en todos, todos, sin excepción hemos tenido crisis de angustia, tristeza o miedo. Hemos prendido la computadora y pensado “esto no tiene ningún sentido” pero la resiliencia y la empatía han aumentado. Ya no somos los “Maestros monolíticos que hablan desde el monte de la sabiduría” ya conocen nuestras casas, saben cómo se llama nuestro perro y a qué hora pasa el vendedor de tamales por nuestra casa, esta crisis nos ha devuelto un piso parejo desde el que somos artistas intentando formar a otros artistas.


Habrán metodologías, herramientas y tecnologías que mantendremos una vez que termine está oscura noche de la humanidad y una vez más nuestro cerebro será resistente al cambio y está bien. Nos adaptamos para ser desconfiados y miedosos, porque ahí es donde radica mucho de nuestro éxito como especie, tal vez lleguemos a extrañar el tapabocas e incluso siempre carguemos con uno por si acaso… o como recordatorio, tal vez el saludo de mano vuelva a tener el significado original de ser una prueba de confianza. Por lo pronto estamos entendiendo algo que ya sabíamos en teoría. Las escuelas y los teatros, no son edificios, son la gente que los habita y hoy nuestra escuela es una pantallita, pero no por ello dejaremos de ser lo que somos y de hacer lo que amamos.